Hoy me acordé de todas las veces que intenté hacerme la interesante, la fuerte, la que no siente. La que responde con calma, la que no se emociona demasiado, la que sabe disimular cuando algo le importa.

Y me salió pésimo.

Porque basta una conversación que me haga sonreír para que empiece a imaginar planes juntos. Un domingo cualquiera, una cena improvisada, un viaje que todavía no existe. Esas pequeñas cosas que, sin saber muy bien por qué, de pronto se sienten extraordinarias.

Y es que últimamente parece que querer se ha vuelto una especie de competencia para ver quién siente menos. Ahora hay que ser nonchalant. Hay que hacerse el desinteresado, esperar para contestar un mensaje, medir cuánto entusiasmo mostramos, no parecer demasiado disponibles. Como si emocionarse fuera una debilidad y demostrar cariño, una derrota.

Y luego está el otro extremo: ser clingy. Esa palabra que usamos para describir a quien quiere estar cerca, a quien extraña, a quien pregunta cómo estuvo tu día, a quien quiere saber de ti. Y yo pienso: qué complicado nos hemos vuelto.

Porque a mí me gusta que me escriban. Me gusta que me cuenten las cosas más insignificantes de su día. Que me digan que vieron algo y se acordaron de mí. Que me manden una foto sin ninguna razón especial. Que quieran contarme una buena noticia antes que a nadie.

Me gusta emocionarme con las cosas pequeñas. Y me gusta querer así también.

Quiero preguntar cómo estuvo tu día y realmente querer escuchar la respuesta. Quiero saber qué te hizo reír, qué te preocupó, qué comiste, qué tontería pasó. Quiero compartir mis días, incluso esos en los que aparentemente no pasó absolutamente nada.

Quiero que haya ganas. Ganas de vernos, de hablar, de hacer planes, de inventarnos cualquier excusa para compartir un rato más.

No quiero jugar a ver quién necesita menos al otro. No quiero que el cariño sea una negociación en la que pierde quien primero demuestra que le importa.

Y lo curioso es que, si hay alguien que debería saber algo sobre medir riesgos, probablemente soy yo. Soy matemática. Soy actuaria.

Paso buena parte de mis días entre números, probabilidades, escenarios posibles y hojas de Excel. Calculo riesgos, proyecto futuros, construyo modelos para entender qué podría pasar si las cosas salen bien, mal o terriblemente mal. Me dedico, literalmente, a intentar ponerle números a la incertidumbre.

Y me gusta. Me gusta entender las variables, encontrar patrones, calcular probabilidades y saber cuáles son las consecuencias de una decisión.

Pero cuando se trata de querer, hay algo dentro de mí que sencillamente no quiere hacer las cuentas. No porque no sepa calcular el riesgo. Sino porque, por una vez, no quiero que el riesgo decida por mí.

Porque puedo entender perfectamente que ilusionarse implica la posibilidad de decepcionarse. Que abrirle la puerta a alguien también significa darle la oportunidad de irse. Que querer mucho a una persona es, de alguna manera, entregarle un pedacito de nosotros que ya no podemos controlar.

Lo sé. Y aun así, quiero. Quiero sentir esas mariposas absurdas que, a estas alturas de la vida, una pensaría que ya deberían haberse jubilado. Quiero sonreír viendo el teléfono. Quiero emocionarme con un plan que todavía está lejos. Quiero sentir esos escalofríos que aparecen cuando algo te importa muchísimo y todavía no sabes qué va a pasar.

Quiero que me dé miedo. Sí, miedo.

Porque creo que hay algo profundamente bonito en descubrir que alguien tiene la capacidad de hacernos vulnerables. Que una persona pueda importarnos tanto que, de pronto, ya no tengamos todas las respuestas. Que nos pongan nerviosos las conversaciones. Que nos tiemble un poquito el corazón.

Y que, a pesar de eso, queramos quedarnos. No quiero un amor sin miedo. Quiero uno en el que el miedo no sea más grande que las ganas. Y lo más gracioso de todo es que tampoco puedo decir que sea mi primera vez en esto.

Ya hubo un momento en mi vida en el que amé quemando las naves. Literalmente, hasta escribí sobre eso. Y una pensaría que después de ciertas experiencias, de ciertos dolores y de unas cuantas lecciones que la vida se tomó la molestia de enseñarme, habría aprendido a ser un poquito más prudente.

Pero aparentemente no. Aquí estamos otra vez. Con el corazón imprudente, dispuesto a firmar sin leer la letra chica. Con las ganas intactas.

Y con una capacidad casi preocupante para volver a ilusionarme. A veces pienso que debería existir algún tipo de certificación para esto. Algo que diga que después de determinada cantidad de desilusiones una ya está oficialmente capacitada para querer con moderación.

Pero sospecho que reprobaría el examen. Porque, aunque la vida me haya enseñado que las cosas no siempre salen como esperamos, también me ha enseñado que hay momentos que valen muchísimo precisamente porque nos atrevimos a vivirlos.

Y no quiero que una historia que terminó mal me quite la capacidad de emocionarme con una que apenas comienza. No quiero convertirme en alguien que, por evitar una tristeza futura, se pierde una alegría presente.

Hay algo de melancolía en eso de volver a querer. Porque sabe que las promesas pueden cambiar, que los planes pueden quedarse en planes y que algunas personas que imaginamos para siempre terminan convirtiéndose en recuerdos.

Pero también sabe que hubo días maravillosos. Que hubo risas que todavía recuerda. Que hubo momentos en los que fue inmensamente feliz.

Y que nada de lo que vino después puede quitarles lo bonitos que fueron. Tal vez por eso sigo siendo una “hopeless romantic” y una “optimistic dreamer”.

Porque, aunque conozco las estadísticas, sigo creyendo en las posibilidades. Porque me gustan las historias bonitas, incluso cuando no sé cómo terminan.

Porque todavía me emociona pensar que dos personas puedan encontrarse en medio de tantos millones y decidir, sin demasiadas explicaciones, que quieren compartir un pedacito de sus vidas.

Y porque no quiero perder esa parte de mí que se entusiasma, que sueña, que siente demasiado y que a veces se adelanta tres capítulos cuando apenas estamos escribiendo el primero. 

Tampoco quiero un amor que asfixie. Quiero que cada uno tenga su mundo, sus amigos, sus silencios, sus proyectos y sus días difíciles. Pero quiero que, en medio de todo eso, exista el deseo genuino de encontrarnos.

Que podamos extrañarnos sin sentir vergüenza. Que podamos decir «te quiero ver» sin preguntarnos si estamos mostrando demasiado interés. Que podamos emocionarnos con la misma tontería y reírnos de lo ridículos que nos vemos. Quiero un amor que tenga espacio para respirar, pero también ganas de abrazar.

Que sea tranquilo sin ser indiferente. Intenso sin ser una carga. Que no necesite hacerse el interesante porque ya le interesa estar ahí. Y, sobre todo, quiero que sea recíproco.

Porque tampoco se trata de querer por dos. Quiero encontrarme con alguien que también tenga ganas de sentir. Que no le dé vergüenza demostrar cariño. Que se permita emocionarse, aunque le dé miedo. Que no necesite esconder lo que siente detrás de una aparente indiferencia.

Alguien con quien podamos admitir que no sabemos qué va a pasar. Y que eso no nos impida intentarlo.

Porque al final, por mucho que me dedique a calcular futuros, hay cosas que simplemente no tienen garantías. No hay una fórmula que asegure que dos personas van a quedarse juntas. No existe una hoja de Excel que pueda decirnos cuánto va a durar una historia. Y ningún análisis de sensibilidad puede prepararnos del todo para lo que significa querer a alguien. Esto no se puede modelar. 

Pero quizá esa sea precisamente la belleza de todo esto. Que no podemos saberlo. Que hay que elegir sin tener todas las respuestas. Que hay que confiar un poquito. Y que, a veces, la vida nos pide algo mucho más difícil que calcular el riesgo: aceptarlo.

Yo prefiero que me rompan el corazón por haber amado que llegar al final de una historia preguntándome qué habría pasado si me hubiera atrevido. Prefiero haber dicho lo que sentía. Haber demostrado las ganas. Haber hecho planes, aunque algunos nunca se cumplieran. Haberme emocionado sin pedir disculpas por ello. Prefiero el susto de sentir al silencio perfecto de no arriesgar.

Porque si algún día me rompen el corazón, quiero que sea por haberlo usado. No por haberlo escondido.

Y si esta vez las cosas salen bien, quiero poder mirar atrás y saber que no me perdí ni un solo momento bonito por intentar parecer menos enamorada, menos ilusionada o menos vulnerable de lo que realmente estaba.

Así que no. No quiero ser nonchalant.

Después de todo, Y, por lo visto, no aprendí absolutamente nada. O quizá sí. Quizá aprendí que el corazón puede romperse y seguir teniendo ganas. Que una desilusión no tiene por qué convertirse en una forma de vivir.

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