Siempre he dicho que a mí Dios no me habla, me grita.

No sé si es porque soy un poco distraída para entender sus señales, porque soy demasiado terca para escucharlas o porque Él ya sabe que conmigo las indirectas no funcionan.
Pero así ha sido siempre.
También he dicho siempre que octubre es un mes en el que pasan cosas. No sé qué tiene octubre conmigo, pero parece que cada año viene con alguna sorpresa, alguna lección o alguna historia que contar.
Y octubre de 2024 no fue la excepción.
Hace dos años, octubre fue el mes que me di para tomar una de las decisiones más importantes de mi vida. Después de muchos años de pertenecer al Opus Dei, tenía que decidir si continuaba o si había llegado el momento de cerrar aquella etapa.
Y decidí irme.
Es curioso cómo se puede resumir en tres palabras algo que tomó tanto tiempo, tantas conversaciones, tantas lágrimas y tantas horas de darle vueltas a la cabeza.
Decidí irme.
Pero detrás de esas tres palabras había toda una vida. Había años de entrega, de ilusiones, de proyectos, de personas, de recuerdos. Había una forma de entender el mundo, una manera de vivir y, sobre todo, un futuro que durante mucho tiempo había imaginado de una forma muy distinta.
Y quiero dejar algo claro: no me arrepiento de nada de aquello. Sigo creyendo en muchas de las cosas en las que creía entonces. Sigo agradeciendo lo que aprendí, lo que viví y las personas que conocí. No necesito convertir una etapa de mi vida en algo malo para justificar que haya terminado.
A veces las cosas simplemente dejan de ser posibles. Incluso cuando uno hubiera querido que fueran diferentes. Y creo que eso fue lo más difícil.
No fue necesariamente el sufrimiento de aquellos últimos meses. Tampoco fue tomar la decisión, aunque evidentemente no fue fácil. Fue entender que estaba cerrando una etapa. Que aquella vida que había imaginado ya no sería la mía. Que había llegado el momento de despedirme de algo que había querido muchísimo. Y hay despedidas que duelen, aunque sean necesarias.
Recuerdo aquellos últimos días en Guatemala y los primeros de regreso en Honduras de una manera extraña. Como si alguien hubiera tomado todos esos recuerdos, los hubiera metido dentro de un caleidoscopio y hubiera comenzado a girarlo.
Hay colores, formas, pedazos de conversaciones, maletas, abrazos, despedidas. Pero no siempre logro distinguir dónde termina un recuerdo y empieza el siguiente.
A veces intento reconstruir aquellos días y no puedo recordar exactamente qué hice, qué pensé o cómo me sentía. Y otras veces basta una canción, una palabra o un olor para que todo vuelva de golpe.
Entonces recuerdo hasta los detalles más pequeños. Es increíble cómo funciona la memoria. Cómo puede esconder durante años algo que creíamos olvidado y, de repente, devolverlo con claridad.
Hay recuerdos que parecen fotografías borrosas hasta que algo los ilumina. Y entonces volvemos a estar ahí.
En aquel lugar.
En aquel momento.
Siendo aquella persona.
Pue ese octubre del 2024 para mí fue precisamente eso: volver a casa. Y qué bonito es tener una casa a la cual volver cuando el mundo parece haberse puesto de cabeza.
No tenía todas las respuestas. Tampoco tenía un plan perfectamente diseñado para lo que venía después. Y eso, para alguien que se dedica a calcular riesgos, proyectar escenarios y tratar de ponerle números a la incertidumbre, no era precisamente cómodo.
Pero había algo profundamente tranquilizador en regresar. Aunque todavía no supiera muy bien hacia dónde iba.
Han pasado dos años.
Dos octubres.
Y hoy, mientras intento poner en palabras todo aquello, me doy cuenta de que hay cosas que solamente se entienden cuando ha pasado suficiente tiempo.
No porque antes estuviera equivocada. Ni porque ahora tenga todas las respuestas. Sino porque algunas cosas necesitan tiempo para acomodarse dentro de nosotros.
Necesitaba vivir aquel octubre. Necesitaba las despedidas, las preguntas sin respuesta y hasta la tristeza. Necesitaba hacer el duelo de una vida que había imaginado diferente.
Y no hubiera querido saltarme la lluvia. Porque hoy puedo mirar hacia atrás sin arrepentimiento. Sin necesidad de cambiar lo que pasó, ni de borrar lo que sentí.
Puedo agradecer los años que viví y, al mismo tiempo, agradecer que aquella etapa haya terminado. Puedo reconocer que hubo cosas que dolieron sin permitir que ese dolor defina toda la historia.
Y puedo entender que no me equivoqué de camino. Simplemente tuve que aceptar que no llegaría hasta donde pensé que me llevaría.
Este octubre ha sido diferente. Los recuerdos siguen apareciendo, a veces sin avisar, como las piezas de aquel caleidoscopio. Hay días en los que todavía me sorprende la claridad con la que puedo recordar ciertas cosas.
Pero ya no se sienten igual. Quizás porque he aprendido que recordar no es lo mismo que regresar.
Que extrañar algunos momentos no significa querer volver a vivirlos.
Y que estar en paz con una decisión no significa que haya sido fácil tomarla.
Hoy me doy cuenta de algo que hace dos años, en medio de aquella nebulosa mental, no podía ver con tanta claridad.
Las tormentas pasan. Incluso aquellas que parecen no terminar nunca. El cielo vuelve a ponerse azul. Vuelve a salir el sol. Y un día, casi sin darte cuenta, descubrís que ya no estás esperando a que deje de llover.
Simplemente estás viviendo.
Y octubre vuelve a llegar, como todos los años, con sus recuerdos, sus sorpresas y esa extraña costumbre de moverme un poquito el piso. Solo que esta vez no fue tan difícil. Esta vez pude mirar hacia atrás y sonreír.
Y mientras octubre se despide y noviembre está por comenzar, pienso que tal vez Dios sigue hablándome como siempre: A gritos.
Solo que esta vez, en lugar de sentir que se me viene todo el cielo encima, me está recordando que también sabe despejarlo.
Y qué bonito poder decir, dos años después, que el cielo está azul otra vez. Que volvió a salir el sol.
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