Quiero que me hablen, que me cuenten, que me emocionen con su día.

No por compromiso. De verdad.

Quiero saber qué hiciste, qué comiste, qué te hizo reír, qué te molestó hoy, qué cosa absurda pasó en el trabajo y qué fue eso que viste y pensaste que tenías que contarme.

Quiero escuchar esas historias que probablemente no tienen ninguna importancia para el resto del mundo, pero que a mí me van a importar simplemente porque son tuyas.

Quiero que me contés que tuviste un día horrible. O uno buenísimo. O uno de esos días en los que no pasó absolutamente nada y aun así encontrés algo que decirme.

Y quiero contarte los míos.

Los emocionantes, los aburridos, los que terminan con una buena noticia y los que me dejan pensando demasiado antes de dormir.

Quiero que nos dé risa lo cursi, que nos tiemble un poquito la voz y que aun así nos quedemos.

Porque, tampoco quiero hacer de esto una gran tragedia romántica.

Quiero reírme. Mucho.

Quiero que tengamos bromas que nadie más entienda, conversaciones que comiencen con una tontería y terminen tres horas después hablando de la vida. Quiero que me molestés por alguna cosa ridícula que dije y poder recordártela cuando te toque a vos decir algo peor.

Quiero que exista esa confianza de poder ser un poquito tontos juntos.

Y también quiero que nos dé miedo.

Sí, miedo.

Quiero que un día me descubra pensando que te estoy queriendo más de lo que tenía planeado. Y que tal vez a vos te pase lo mismo.

Que nos miremos y nos riamos porque, qué barbaridad, en qué momento nos metimos en esto.

Porque querer a alguien tiene algo de absurdo.

Uno pasa tanto tiempo aprendiendo a estar bien solo, a resolver sus cosas, a organizar sus días, a cuidar su tranquilidad, que de repente resulta extraño querer hacerle espacio a alguien más.

Y no solamente un espacio en la agenda.

Un espacio en la cabeza.

En las historias.

En los planes que todavía no existen.

En esa parte del día en la que pasa algo y, antes de pensarlo demasiado, ya sabés a quién querés contárselo.

Eso quiero.

Quiero que nos busquemos porque tenemos ganas. Que nos elijamos incluso en los días comunes, cuando no hay flores, ni cenas bonitas, ni ninguna ocasión especial que celebrar.

Porque es fácil emocionarse con lo extraordinario.

Pero a mí me emociona pensar en lo cotidiano.

En un mensaje a media mañana. En un «¿ya llegaste?». En una llamada sin mayor motivo. En compartir una canción, una fotografía, una noticia absurda. En preguntar cómo estuvo el día y realmente querer escuchar la respuesta.

Quiero conocer tus silencios también.

Saber cuándo estás cansado, cuándo necesitás hablar, cuándo lo único que querés es estar tranquilo. Aprender esas pequeñas cosas que no se descubren en una primera cita, ni en una conversación bonita, sino con el tiempo.

Y que vos aprendás las mías.

No quiero jugar a quién escribe primero, quién demuestra menos, quién parece más ocupado o quién consigue que el otro se interese más.

Qué cansado debe ser querer a alguien y tener que fingir que no tanto.

A mí me gusta emocionarme.

Me gusta tener ganas de ver a alguien. Me gusta sonreír cuando llega un mensaje. Me gusta pensar en un plan y preguntarme si a la otra persona también le gustaría. Me gusta la ilusión, incluso esa que a veces me hace sentir un poquito ingenua.

Y sí, también me da miedo.

Porque sé que las cosas no siempre salen como una las imagina. Porque hay historias que comienzan precioso y después toman caminos que nadie esperaba. Porque una puede poner todo el corazón y aun así no tener ninguna garantía.

Pero he estado pensando que tal vez ese sea precisamente el asunto.

Que nadie puede prometerme cómo va a terminar una historia.

Ni siquiera yo.

Y, sin embargo, qué bonito sería vivirla sin estar calculando todo el tiempo cuánto podría doler.

No sé qué va a pasar.

No sé si dentro de unos meses vamos a reírnos recordando cómo empezó todo, si vamos a tener cientos de historias nuevas o si la vida tendrá preparados otros caminos.

Pero hoy tengo ganas.

Ganas de conocerte, de escucharte, de descubrir esas partes tuyas que todavía no conozco. Ganas de que me sorprendás. De sorprenderte yo también. De equivocarnos en alguna tontería y aprender a arreglarla. De encontrar cosas que nos gusten a los dos y de acompañarnos, de vez en cuando, en esas otras que solamente le gustan a uno.

Ganas de construir algo sin exigirle desde el primer día que tenga una forma definitiva.

Porque tampoco se trata de correr.

Hay cosas que merecen tiempo. Conversaciones que todavía no hemos tenido. Preguntas que iremos haciendo. Días buenos y otros no tanto.

Y quiero estar ahí para descubrirlos.

Quizá lo que más me sorprende es darme cuenta de que el miedo sigue estando, pero ya no tiene tantas ganas de detenerme.

Porque por primera vez en mucho tiempo no siento que tenga que saber exactamente dónde voy a caer para animarme a dar el salto.

Y eso, viniendo de alguien que siempre quiere tener un plan, es bastante decir.

Quiero que me cuentes tu día.

Quiero contarte el mío.

Quiero que nos dé miedo querernos y que nos riamos de lo tontos que somos por tener miedo de algo que también nos hace tan felices.

Quiero que, si un día tenemos ganas de decirnos algo bonito, lo digamos.

Sin juegos. Sin estrategias. Sin estar midiendo quién quiere más.

Y si me preguntás qué espero de todo esto, creo que la respuesta es mucho más sencilla de lo que imaginaba.

Quiero tener ganas de quererte. Y que vos también tengás ganas de quererme.

Lo demás, ya veremos.

Leave a Reply