Hay fechas que una aprende a querer antes de entender cuánto van a pesar en su vida.
Para mí, durante casi diecisiete años, el 2 de octubre fue una de esas fechas.
No era simplemente un día marcado en el calendario. Era el aniversario de algo a lo que, durante mucho tiempo, le entregué una parte enorme de mi vida. Bueno, Toda.

Era una fecha que hablaba de vocación, de misión, de entrega. De una forma muy concreta de imaginar el futuro.
Y durante muchos años, cuando llegaba octubre, yo sabía perfectamente qué significaba ese día.
Después la vida cambió.
O cambié yo.
O quizá las dos cosas.
Los últimos dos años, el 2 de octubre llegaba con una sensación difícil de explicar. Seguía siendo una fecha querida, porque hay cosas que no dejan de ser importantes simplemente porque ya no ocupamos el mismo lugar dentro de ellas.
Pero también había algo extraño.
Como llegar a una casa en la que viviste muchos años y descubrir que todavía sabés dónde está cada interruptor, aunque ya no tengás las llaves.
Había cariño.
Había agradecimiento.
Había un poquito de nostalgia.
Y también había una vida nueva que, lentamente, empezaba a construirse fuera de todo aquello que durante tanto tiempo pensé que sería mi vida entera.
No desligada de lo anterior.
Porque hay cosas que permanecen. La fe, las ganas de hacer algo bueno con la vida, la idea de que estamos aquí para algo más que simplemente pasar los días. Tal vez la misión no desapareció.
Tal vez solamente cambió de forma.
Y entonces llegó este 2 de octubre.
Sin que yo lo hubiera planeado.
Después de varias semanas de estar caminando por una especie de neblina bonita —esa en la que sabés que algo está pasando pero todavía no sabés cómo llamarlo—, hoy alguien decidió ponerle una fecha.
Esta fecha.
El 2 de octubre.
Y me preguntó si, a partir de hoy, empezábamos a contar.
Nosotros.
Había girasoles y una Chilena, Alguien que escucha, Y estaba yo, probablemente tratando de entender cómo una fecha puede conservar todo lo que alguna vez significó y, al mismo tiempo, empezar a significar algo completamente distinto.
Me hizo feliz. Mucho.
Porque era algo que quería que pasara.
Pero creo que lo que más me conmovió fue la fecha.
Qué cosa rara hace la vida. “God works in strange ways”
Durante años, el 2 de octubre me habló de entregar la vida a una misión.
Y ahora, sin borrar nada de lo anterior, empieza a hablarme también de compartirla.
De construir algo con alguien. De descubrir que quizá la misión no siempre tiene una sola forma.
Que a veces la vida que una entrega también se entrega queriendo, acompañando, haciendo espacio para otro, dejando que alguien haga espacio para una.
No sé qué será de esta historia.
Y me gusta escribirlo así porque durante mucho tiempo tuve la costumbre de querer saber hacia dónde iban las cosas antes de permitirme disfrutarlas.
Esta vez no quiero hacerlo.
Hoy solamente sé que hay una fecha.
Que hay un comienzo.
Que hubo girasoles.
Y que, después de mucho tiempo, el 2 de octubre volvió a sentirse como el inicio de algo.
Quizá eso sea lo más bonito.
Hay fechas que no necesitan perder su antiguo significado para adquirir uno nuevo.
Hay fechas que simplemente se hacen más grandes.
Les caben más recuerdos.
Más versiones nuestras.
Más formas de querer.
Más vida.
Y ahora este 2 de octubre guarda dos capítulos de la mía.
Uno me enseñó durante muchos años a pensar en la misión.
El otro apenas comienza.
Y no sé exactamente qué viene después.
Pero supongo que esa es también la gracia de los comienzos.
Además, es octubre.
Y octubre conmigo nunca ha sabido pasar desapercibido.
Siempre llega moviendo cosas, cerrando puertas, abriendo otras, cambiándome alguna certeza de lugar.
Así que aquí estoy otra vez, empezando octubre sin saber muy bien qué me tiene preparado.
Solo que esta vez lo empiezo distinto.
Con un 2 de octubre que ya conocía de memoria y que, de repente, tengo que aprender de nuevo.
Con girasoles.
Con una chilena.
Con alguien.
Y con esa sensación extraña y preciosa de descubrir que, a veces, la vida no nos quita el significado de las cosas.
Solo les agrega otro.
A ver qué hacés conmigo esta vez, Octubre.
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