Durante mucho tiempo pensé que crecer consistía en aprender a no necesitar a nadie.
Resolver. Poder.
Saber qué hacer cuando algo sale mal.
Cambiar planes, cargar maletas, tomar decisiones, pagar cuentas, manejar problemas, secarme las lágrimas y seguir.
Y supongo que algo de eso sí es crecer.
Hay una tranquilidad enorme en descubrir que una puede consigo misma. Que si un día todo se complica, probablemente encontrará la manera. Tal vez llorando primero. Tal vez llamando a Papá o incluso a Mamá. Tal vez diciendo que ya no puede unas tres veces antes de poder.
Pero puede. He aprendido a poder.
Y quizá por eso últimamente he pensado que lo que quiero no es alguien que venga a salvarme.
Quiero algo mucho más sencillo. Quiero alguien de quien agarrarme.
No porque no pueda caminar sola, sino porque debe ser bonito caminar al lado de alguien.
Quiero poder decir: No sé.
Y que del otro lado no haya miedo.
Que haya un: Yo tampoco. Ya veremos cómo.
Creo que eso es. “Ya veremos cómo.”
Qué frase tan poco romántica y qué romántica me parece.
Porque no promete que todo va a salir bien. No promete una vida sin problemas, ni días perfectos, ni que nunca vamos a equivocarnos.
Solo promete que, cuando llegue lo que tenga que llegar, habrá dos personas tratando de entenderlo. Y eso quiero.
Quiero a alguien con quien las cosas buenas sean un poquito más buenas simplemente porque puedo voltearme y decir: “Mirá.”
Mirá qué bonito está el cielo.
Probá esto.
Venite.
Acompañame.
Quiero tener a quién contarle las cosas pequeñas. Porque las grandes siempre encuentran público.
Los cumpleaños se celebran. Los logros se anuncian. Las fotografías importantes terminan en algún lado. Pero la vida, la de verdad, está llena de cosas que probablemente no le importan a nadie.
Que encontraste algo que llevabas semanas buscando.
Que te quedó rica la comida.
Que viste un perro gordísimo cruzando la calle y te dio risa.
Que salió una flor.
Que sembraste un árbol y querés regresar a ver si sobrevivió.
Que escuchaste una canción y por alguna razón necesitabas mandársela a alguien.
Quiero eso.
Alguien a quien mandarle las tonteras.
Y también quiero a alguien para los días en los que no haya nada bonito que mandar.
Porque van a existir. Quiero que el dolor siga siendo dolor. No espero que alguien tenga el poder mágico de quitármelo.
Pero sí quisiera descubrir si es cierto que pesa un poquito menos cuando se reparte. Que hay dolores que no desaparecen con un abrazo, pero quizá se atraviesan diferente cuando alguien se queda sentado al lado. Y te da la mano.
Sin arreglarlos.
Sin decir la frase correcta.
Sin tener necesariamente una solución.
Solo quedándose.
Creo que durante mucho tiempo confundí el amor con encontrar a alguien que hiciera extraordinaria la vida. Ahora pienso casi lo contrario. Quiero encontrar a alguien con quien la vida ordinaria sea suficiente.
Un café.
Un domingo.
Una ida al supermercado.
Una carretera larga.
Una comida improvisada.
Un partido que a alguno de los dos ni siquiera le interesa tanto.
Una tarde haciendo nada.
Una discusión tonta.
Una reconciliación.
Una noticia buena.
Una mala.
Un martes cualquiera.
Quiero conocer tanto a alguien que eventualmente pueda reconocer sus silencios.
Saber cuándo necesita hablar y cuándo necesita cinco minutos.
Qué comida pide cuando ha tenido un día horrible.
Qué canción pone cuando está feliz.
Qué cosas le dan miedo aunque diga que no.
Y quiero que alguien aprenda también esas cosas de mí.
No las importantes que uno cuenta cuando está conociendo a alguien. Las otras. Las que solo se descubren quedándose.
Quiero que haya libertad para seguir siendo dos personas completas.
Dos vidas.
Dos mundos.
Dos personas capaces de caminar solas.
Pero que, pudiendo hacerlo, sigan escogiendo caminar juntas.
Y quizá esa es la parte que más me gusta.
Escoger.
No necesitar. Escoger. Me gusta más pensar que somos dos enteros que, por alguna coincidencia absurda de este mundo enorme, un día deciden compartir el camino.
Que alguien pueda irse y decida quedarse. Que yo pueda hacerlo sola y aun así prefiera decir: vení conmigo.
Que ninguno sea la mitad que le faltaba al otro. No sé si eso existe exactamente como me lo imagino. Tampoco sé cuándo llega.
Y por primera vez creo que no necesito saberlo.
Solo sé que todavía quiero encontrarlo. Quiero una mano que no me prometa que nunca voy a caer, sino que, si pasa, probablemente se siente un rato conmigo en el piso.
Quiero celebrar y tener hacia quién correr.
Quiero llorar y tener dónde descansar la cabeza.
Quiero reírme hasta que me duela el estómago por cosas que después ni siquiera vamos a poder explicar.
Quiero construir recuerdos tan pequeños que nadie más entendería por qué son importantes.
Quiero que la alegría sea más dulce porque hay alguien con quien compartirla.
Y que el dolor sea un poquito más suave porque hay alguien de quien agarrarme.
No quiero que alguien me resuelva la vida.
Ya aprendí a resolverla.
Quiero algo distinto.
Quiero que algún día, cuando la vida vuelva a hacer una de esas cosas que hace y ninguno de los dos tenga idea de qué viene después, pueda mirar a alguien, tomarle la mano y decirle:
No sé cómo vamos a hacer.
Y escuchar:
Ya veremos.
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