Hay días en los que una idea loca te toca el hombro y no te suelta.

A mí se me ocurrió sembrar diez mil árboles.

Sí, Diez mil.

Un vivero de donde vamos a reforestar

Cuando lo decís en voz alta suena todavía más absurdo. Porque una cosa es pensar “quiero sembrar árboles” y otra muy distinta es ponerle un número. Y no un número pequeño. Diez mil árboles necesitan tierra, tiempo, manos, agua, paciencia. Necesitan un dónde, un cómo y un con quién.

Y claro, esas fueron las primeras preguntas.

¿Dónde los vas a sembrar?
¿Quién te va a ayudar?
¿De dónde vas a sacar tantos árboles?
¿Cómo vas a cuidarlos?

Y la verdad es que no tenía todas las respuestas.

Solo tenía la idea.

Pero con los años he aprendido que no siempre hay que tener resuelto el camino entero para empezar a caminar. Hay cosas que uno comienza sin saber muy bien cómo van a suceder. Tal vez por necedad. Tal vez por ilusión. O tal vez porque hay ideas que llegan con una fuerza tan rara que una siente que lo único que puede hacer es seguirlas.

Y entonces empezó a pasar eso que yo llamo magia.

Porque no sé cómo llamarlo de otra manera.

Un domingo, a las nueve de la mañana, mi hermana me mandó un mensaje diciéndome que estaban regalando plantas.

Dos por persona.

Y yo, ni corta ni perezosa, agarré camino.

Fui por dos plantas y, de alguna manera, terminé cargando más de las que probablemente me correspondían. Y entre plantas, tierra, gente entrando y saliendo y mi emoción de siempre cuando se me mete una idea en la cabeza, terminé hablando con el encargado de reforestación de la alcaldía.

Le conté mi locura.

—Quiero sembrar diez mil árboles.

Esperaba preguntas. O tal vez una de esas miradas que dicen, con mucho cariño, “esta mujer está loca”.

Pero me dijo algo mucho más sencillo:

—Yo se los doy.

Parte del traslado

Y así, de repente, una idea que hasta hacía unos minutos solamente existía en mi cabeza tenía a alguien más diciendo: hagámoslo.

No sé si a ustedes les pasa, pero hay momentos en los que las coincidencias se sienten demasiado precisas para ser solamente coincidencias.

Una persona aparece. Alguien manda un mensaje justo ese día. Una puerta que ni siquiera sabías que existía se abre. Y aquello que parecía enorme empieza, poquito a poquito, a encontrar su camino.

Yo a eso le digo magia. Otros quizá le dirán casualidad. Pero talvez es causalidad.

Y algunas veces, cuando quiero creer un poquito más, también puede ser presencia divina.

Desde entonces han empezado a llegar los primeros árboles. Todavía estamos lejísimos de diez mil. Y seguramente van a aparecer problemas que hoy ni siquiera imagino. Habrá árboles que no sobrevivan, días en los que falte agua, momentos en los que me pregunte por qué se me ocurrió meterme en esto.

Pero algo ya comenzó.

Y eso me emociona.

Porque esos árboles van a crecer en una tierra que también tiene historia. Una propiedad que llegó a nosotros cargada de recuerdos, de gente que estuvo antes, de conversaciones, de familia. Y quizás por eso sembrar ahí se siente diferente.

No es solamente reforestar.

Es dejar algo vivo.

Algo que probablemente va a tardar años en parecerse a lo que hoy imagino. Árboles que hoy puedo cargar entre mis manos y que algún día darán sombra. Algunos quizá estarán ahí cuando nosotros ya no estemos. Y esa idea, lejos de ponerme triste, me parece bonita.

Hay algo profundamente esperanzador en sembrar algo cuya sombra posiblemente disfrutarán otros.

Tal vez de eso se trata un poco querer a alguien también.

De dejar cosas buenas creciendo.

Y hoy, 18 de septiembre, pienso especialmente en vos.

En tu aniversario de partida.

Y no puedo evitar preguntarme si toda esta magia tiene un poquito que ver con vos.

Porque mientras todo esto va tomando forma, entiendo que es tu voz la que sigue aquí. No como un recuerdo quieto, de esos que uno guarda en una gaveta y saca de vez en cuando. Sino como una guía.

Como si en medio de todas mis preguntas pudiera escucharte diciendo:

“Dale, seguí.”

Y creo que eso es lo que voy a hacer.

Seguir.

Hasta donde llegue la idea. Hasta donde lleguen los árboles. Hasta donde nos lleve esta locura de pensar que diez mil semillas, diez mil raíces y diez mil pequeñas decisiones pueden cambiar aunque sea un pedacito del mundo.

Porque tal vez sembrar nunca fue solamente cavar la tierra y poner un árbol.

Tal vez sembrar también es recordar.

Es agradecer.

Es confiar en algo que todavía no podemos ver.

Es hacer hoy algo que tardará años en convertirse en lo que soñamos.

Y, a veces, también es obedecer a esas voces queridas que, aunque ya no podamos escuchar de la misma manera, nos siguen guiando.

Hoy siento que es tu voz, Mama.

Empujándome despacito.

Con Mama en la Hacienda

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