De pronto, un día cualquiera, me sorprendió una sonrisa que no estaba planeada.

De esas que aparecen cuando ves un nombre en el teléfono. Cuando llega un mensaje que, objetivamente, no tiene nada de extraordinario, pero igual te cambia un poquito la cara.

Y entonces te descubrís esperando el siguiente.

No sé exactamente en qué momento empezó.

Creo que esas cosas nunca empiezan cuando uno cree. No hay una fecha, ni una conversación específica, ni un instante en el que alguien anuncia: a partir de aquí va a comenzar algo.

Simplemente pasa.

Primero es una conversación.

Después otra.

Un chiste que solamente ustedes entienden. Una foto que viste durante el día y pensaste en mandársela. Un “¿cómo te fue?” que de repente importa un poquito más de lo normal. Un plan que probablemente antes habrías rechazado, pero que ahora suena interesante simplemente porque viene acompañado de esa persona.

Y poco a poco alguien empieza a ocupar pequeños espacios de tu cotidianidad.

No grandes espacios.

Pequeñitos.

Y creo que precisamente por eso se siente tan bonito.

Porque no llega haciendo ruido.

Yo venía acostumbrada a hacer muchas cosas sola.

A resolver sola.

A decidir sola.

A hacer planes sola.

A levantar mis propias paredes, ladrillo sobre ladrillo, sin esperar demasiado que alguien llegara a sostenerme el otro extremo.

Y no lo digo como algo triste. Hay cierta tranquilidad en aprender a estar sola. En saber que podés resolver, que podés ir, venir, inventarte un plan, cambiarlo y empezar de nuevo sin tener que preguntarle a nadie.

Después de un tiempo hasta se vuelve cómodo.

Tu vida tiene una forma.

Tus días tienen un ritmo.

Sabés dónde va cada cosa.

Y entonces aparece alguien.

Y lo curioso es que no llega a derrumbar ninguna pared.

Solo pone un poquito de cemento.

Vos ponés un ladrillo.

Él pone otro.

A veces vos sostenés mientras él acomoda algo. Otras veces él aparece justo cuando necesitabas otra mano.

Y sin haberlo planeado demasiado, un día mirás hacia arriba y pensás:

¿Será que estamos construyendo algo?

Creo que ahí estoy.

En esa pregunta.

Y es una pregunta bonita, pero también da miedo.

Porque cuando una ha construido sola durante mucho tiempo, compartir la construcción significa aceptar algo bastante incómodo: ya no controlás completamente el resultado.

Hay otra persona.

Con sus tiempos.

Sus miedos.

Sus historias.

Sus maneras de querer.

Sus ladrillos.

Y vos tenés los tuyos.

Tal vez por eso empezar a conocer a alguien se siente un poco como volver a aprender un idioma que creías conocer.

Porque una sabe hablar de amor.

Ha leído sobre él. Lo ha visto. Lo ha vivido de alguna manera.

Pero cuando aparece alguien concreto, con nombre, horarios, manías y un equipo que te cae mal, resulta que la teoría sirve de muy poco.

Y entonces pasan cosas que nunca imaginaste.

Como terminar viendo un partido de tu archienemigo porque resulta que a él le gusta ese equipo.

Y peor todavía: interesarte un poquito.

O encontrarte un día al azar metida en algún vivero porque se te ocurrió la pequeña y razonable idea de sembrar árboles y que, en vez de preguntarte si perdiste la cabeza, alguien decida acompañarte.

Supongo que de eso también se trata conocer a alguien.

De entrar, poquito a poquito, en el mundo del otro.

No porque de repente te gusten todas sus cosas.

Ni porque él tenga que entender todas las tuyas.

Sino porque algunas empiezan a importarte simplemente porque le importan a él.

Y viceversa.

Me parece curioso.

Porque quizá una de las formas más sencillas de empezar a querer a alguien sea esa: prestar atención.

Aprender.

Acompañar.

Hacer espacio.

Y un día descubrir que estás haciendo algo que jamás habrías escogido por tu cuenta y, sin embargo, estás contenta de estar ahí.

No sé qué estamos construyendo.

Y creo que esa es la parte que más me cuesta y, al mismo tiempo, la que más me gusta.

Porque quisiera saber.

Quisiera adelantar unas cuantas páginas y averiguar qué pasa después.

Saber si esto que hoy se siente tan bonito va a crecer.

Si dentro de un tiempo vamos a recordar estos días y decir: mirá cómo empezó todo.

O si simplemente será una de esas historias que llegan, te acompañan durante un pedacito del camino y después se convierten en un recuerdo bonito.

No lo sé.

Tal vez estamos construyendo una casa.

Tal vez un refugio.

Tal vez una pared.

Tal vez un castillo.

Tal vez solamente estamos poniendo unos cuantos ladrillos que algún día tendremos que desarmar.

Y claro que eso da miedo.

Porque cuando algo empieza a importarte, también aparece la posibilidad de perderlo.

Supongo que por eso la ilusión y el miedo se parecen tanto algunas veces.

Los dos hacen que el corazón se adelante un poquito.

Pero últimamente estoy intentando no correr hacia el final.

No preguntarle tanto al futuro qué piensa hacer con nosotros.

Porque quizás hay historias que se arruinan un poquito cuando queremos saber demasiado pronto cómo terminan.

Quizá algunas cosas necesitan el privilegio de simplemente estar empezando.

Sin nombre.

Sin promesas enormes.

Sin planos completos.

Solo dos personas descubriendo si saben construir juntas.

Un ladrillo.

Un poco de cemento.

Otro ladrillo.

Una conversación más larga de lo esperado.

Una sonrisa frente al teléfono.

Otro plan.

Otro día.

Y así.

No sé qué estamos haciendo.

No sé cómo se llama todavía.

Y, por primera vez en mucho tiempo, quizá no necesito saberlo.

Por ahora me alcanza con mirar esta cosa pequeña que se va levantando entre los dos y preguntarme, con un poquito de ilusión y otro poquito de miedo:

¿Será que estamos construyendo algo?

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