A veces creemos que necesitamos una ocasión especial para celebrar algo.

Un cumpleaños. Una fecha importante. Una buena noticia. Algo que justifique sacar la vajilla bonita, cocinar algo especial, poner la mesa con más cuidado y reunir a la gente que queremos.

Pero esta vez no había nada que celebrar.

Y precisamente por eso quise hacerlo.

Un just because.

Porque sí. Porque estábamos. Porque podíamos sentarnos alrededor de una mesa sin necesitar ninguna otra razón.

Saqué la vajilla de “Mama”, esa que de alguna manera hace que cualquier mesa se sienta especial. Hice focaccia. Pusimos carne, hummus, uvas, jamón, queso. Nada demasiado complicado, pero todo puesto con intención.

Y llegó la familia.

La gente de siempre.

Hubo risas, plática, comida que iba y venía por la mesa y ese ruido bonito que se forma cuando todos hablan, comen y se interrumpen al mismo tiempo.

Y estuvo increíble.

Quizás también porque venía de una semana muy difícil. De esas semanas que pesan más de lo que uno quisiera admitir y que, cuando terminan, te dejan cansado hasta de pensar.

Yo creía que estaba preparando una comida.

Pero terminó siendo exactamente lo que necesitaba.

No pasó nada extraordinario esa noche. Y tal vez eso fue lo extraordinario.

La familia. La focaccia. La vajilla de Mama. Las conversaciones de siempre. Estar sentados juntos alrededor de una mesa simplemente porque sí.

A veces esperamos que la vida nos dé una razón para celebrar.

Y se nos olvida que estar aquí, tener a quién sentar alrededor de nuestra mesa y poder decir “vengan a comer” ya es razón suficiente.

Así que habrá que sacar más seguido la vajilla bonita.

No esperar el cumpleaños.

No esperar la noticia.

No esperar la ocasión especial.

Hacer espacio en la mesa.

Prender las velas.

Servir el vino.

Y celebrar, de vez en cuando, por la mejor razón de todas:

just because.

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