Se dice que quemar las naves es una estrategia de compromiso absoluto: avanzar sin retroceder, sin opciones de huida. La historia de Alejandro Magno, que ordenó incendiar sus barcos para que su ejército no tuviera otra opción más que seguir adelante, la recuerda con frecuencia. Para él, esa acción representaba que, en la vida, cuando decides entregar todo, también decides dejar atrás las posibilidades de volver atrás.

Que le rompieran el corazón le obligó a improvisar. Construyó una barca con las tablas que le quedaron, endeble y llena de remiendos, la única forma que encontró para salir del lugar donde cada rincón le dolía. Subió a esa embarcación que chirriaba y empezó a remar, aunque el agua comenzaba a filtrarse y cada golpe contra las olas era una herida más profunda. Pero no podía quedarse en la orilla viendo cómo lo que fue se desmoronaba.  

Es de los que van con todo o no van. Por eso, tomó la decisión de quemar puentes y barcos, no por dramatismo vacío, sino por necesidad. Había puesto todo su corazón y sus planes en una vida, en una misión, en un Amor. Pero cuando todo se rompió, se encontró sin puerto y sin mapa, sin ninguna opción de retirada.

Le dolió empacar sus cosas y dejar un país al que había amado durante ocho años; como cerrar la puerta que la vio crecer, reír y aprender. Dolió aceptar que todo lo que construyó con ternura, con tiempo, ahora cabía en cajas y maletas. Los olores, las calles, las voces, todo se quedaba atrás. Sin embargo, en esa pérdida encontró una extraña claridad: arrancar raíces también la obligaba a germinar en otro lado.

Su camino no fue una escena épica con un final perfecto. Fue una travesía frágil, llena de dudas: en ocasiones la barca se llenaba de agua y pensaba en volver, en rescatar lo que había perdido; otras veces, el viento la llevaba a aguas nuevas, y respiraba por primera vez sin el peso de esperar a alguien que ya no estaba. Quemar las naves no la hizo invencible, pero sí le quitó la opción más peligrosa: quedarse atrapada en el pasado.

Ahora sabe que esa decisión no fue solo un acto de locura o valentía, sino una lección: reconstruirse no significa olvidar el amor, sino prepararse para volver a amar, con toda la intensidad y vulnerabilidad que eso implica. A pesar del riesgo de que le rompan el corazón otra vez, entiende que reconstruirse es el camino para abrir ese corazón nuevamente, sabiendo que amar siempre vale la pena, aunque en ese camino exista la posibilidad de volver a sufrir.

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