
Hacer amigos en la escuela, en esa etapa dorada y sencilla, es casi como jugar a escondidas en el patio: basta con una mirada tímida en el pasillo, con ese parpadeo coqueto que dice “hola, aquí estoy”. Una sonrisa, un lápiz que se cae en clase y pides prestado, un cuaderno olvidado que necesitas para copiar esa última nota, o simplemente la necesidad de que alguien te marque la asistencia, y ¡pum! Ahí estás, entre risas y compatibilidades espontáneas, creando una pequeña comunidad en un instante. La amistad en los años escolares es como un juego de fichas en el que todo parece muy fácil, muy dulce, muy directo. Sólo hay que extender la mano y decir “¿Me das un poquito de tu tiempo?”.
Pero, ¡qué diferente se vuelve todo cuando uno cruza la línea de la adultez! La magia se vuelve un poco más escurridiza, más difícil de atrapar. Entonces, uno se encuentra en medio de conversaciones que parecen una odisea: hay que pensar quién empieza, quién manda el mensaje, quién invita a tomar un café especial, quién lleva las fotos, quién hace el plan, quién se atreve a romper el silencio, quién arma el plan, quién cocina, y después es el dónde, cuándo, cómo, cuántos, qué, quiénes, y nose cuantas preguntas mas.
Todo empezó con un pequeño error, esa clase de equivocación que al principio parece un simple malentendido, pero que después revela una puerta abierta hacia algo más bonito. Yo creía que llegaba al restaurante correcto, en la mesa correcta, en el momento justo… pero no, llegué un poco más tarde, y la escena que encontré me hizo sentir como si hubiera entrado en una película donde las escenas parecen no encajar del todo, pero de algún modo, tienen su propia magia. Aunque era la mesa equivocada, poco a poco me di cuenta de que había llegado al lugar indicado.
Encontré a los que se han vuelto cómplices, esos que parecen desenredar ese nudo que parecía imposible, a los que de pronto les sale un “sí” con la misma soltura con que uno respira y hasta proponen otros planes, otras aventuras, otras locuras. La magia sucedió así, por llegar donde creí que no encajaba, como si el destino, con su sonrisa traviesa, decidiera jugar a sorprendernos en los lugares más insospechados.
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