Ella regresó y su mirada lo contó todo. No hizo falta que hablara; en esos ojos se leía una mezcla de alegría y nostalgia que atravesaba el tiempo. Eran ojos que volvían a la tierra a la que, años atrás, dijo adiós para siempre. Allí había reído y llorado, recibido regalos y abrazos, bailado, corrido, caído y siempre levantado. Cada surco en su rostro parecía abrir un capítulo: sabores compartidos en mesas hogareñas, siestas al sol, primeras salidas y despedidas que la templaron.

Al caminar por los mismos senderos, su mirada viajaba hacia atrás: imágenes fugaces de infancia y juventud aparecían y desaparecían como fotos viejas. A veces se le escapaba una lágrima —no de pena, sino de reconocimiento—, y otras veces una sonrisa le iluminaba la cara, tan amplia que parecía querer contarlo todo sin usar palabras. Miraba los paisajes con una mezcla de asombro y pertenencia; cada árbol, cada calle, le hablaba en memoria.
Esa mirada también era agradecida. En un suspiro silencioso, entre un grito de júbilo y una oración contenida, daba gracias. Gracias por las raíces que la sostuvieron, por las heridas que enseñaron, por los placeres sencillos que todavía saboreaba. En su interior había paz: la certeza de que la vida, con sus vueltas y tropiezos, la había traído de nuevo a casa.
Pero al seguir recorrriendo calles conocidas, la certeza se hizo más clara: esa tierra la formó, la eligió y le pertenece en la memoria, pero ya no le pertenece por entero. Las casas conservaban sus sombras, los olores despertaban recuerdos, los rostros de siempre la miraban con curiosidad; sin embargo, las huellas de otros caminos recorridos en el mundo habían cambiado su pulso, sus prioridades, su cuerpo de costumbres. Regresaba con la pertenencia de quien reconoce sus raíces y, al mismo tiempo, con la experiencia de una vida que la transformó.

Así, su mirada—alegre, nostálgica, agradecida—llevaba también una pequeña tristeza serena: la aceptación de que volver no implica recuperar lo idéntico. La tierra la sigue nombrando en sus recuerdos, pero ella ya no encaja por completo en el molde de antes. Sonrió, rezó y dio gracias, y en ese gesto quedó la paz de quien comprende que pertenecer puede ser múltiple: se es de un lugar y, a la vez, se es otra persona distinta.
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