En la penumbra donde se acumulan las horas lentas y los gestos se vuelven moneda escasa, ella guarda una sonrisa como quien guarda un tesoro a contraluz. No es una sonrisa ostentosa ni un gesto automático: nace pequeña, sorprendida, de esa resistencia íntima que rehúye la derrota. Si alguien la ve sonreír en su peor momento, debería imaginarse el paisaje entero cuando el sol le rinde homenaje.

El rayito de sol en el que se inspira

Porque en el rostro que supo ceder ante la lluvia también se cocinan asuntos de luz: memorias que se vuelven música, decisiones que florecen en silencio, la paciencia aprendida a pulso. La sonrisa, en la noche más densa, es el prólogo de lo que vendrá. Si con las manos vacías y el ánimo herido aún conserva esa curvatura mínima en los labios, entonces su alegría plena será una catástrofe de belleza: risa que explota como confeti en un cuarto amplio, mirada que incendia horizontes, pasos que dibujan mapas nuevos.

Ella no presume de felicidad; la administra con humildad. Sabe que la capacidad de sonreír entre escombros es indicio de refugios por construir. Por eso, quienes la conocen en su instante más frágil deberían temer y esperar a la vez: temer por la intensidad de su dicha cuando llegue, esperar porque aquello que sobrevive al peor invierno no será frágil. Será un estallido sereno, una constelación domesticada para iluminar su camino y el de otros.

Si sonríe en su peor momento, imagina lo que será cuando todo camine a su favor: no será solo una sonrisa —será un paisaje entero en el que uno se puede perder y querer quedarse.

Y a esa sonrisa, que llamaban “rayito de luz” y que en las noches largas parecía consumirse, se le reencendió como farolillo obstinado: primero un titilar tímido, luego un fuego pequeño que rehízo su propia constelación. Volvió brillante, sin pedir permiso, iluminando los pliegues viejos del alma hasta dejarla casi nueva.

Smiling

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