En la esquina junto a la ventana, ella deja el jarrón como quien deja una carta de luz. Tres tonos de amarillo se entrelazan: el amarillo profundo del girasol, el amarillo puro de las margaritas pomposas y el botón de la margarita, pequeño y perfecto, guarda un amarillo concentrado —un punto de sol en miniatura— que atrae la mirada y sostiene la sonrisa. Entre ellas, pequeñas florecitas blancas —esas que no necesita nombrar para sentirse— llenan los huecos con puntitos de luna, ternura que hace respirable el conjunto.

El sol, al entrar por la ventana, se posa en los pétalos y los enciende. Reflejos que se vuelven mapa: líneas de brillo en el girasol, halos en las margaritas, un parpadeo constante que hace latir la mesa. Al cruzar el umbral, las flores la saludan sin palabra; es un saludo cálido, cotidiano, tan sencillo que parece un rito. Levantarse por la mañana y encontrarlas es recibir una promesa: esos colores vibrantes despiertan la casa y la nombran abrigo.

Se maravilla pensando en cómo Van Gogh captó el amarillo: no fue solo pigmento, fue pasión concentrada, una manera de hacer visible el calor del mundo. Aquí, en aquel jarrón, hay una modestia parecida —no la audacia de un cuadro, sino la humildad efectiva del detalle— que transforma lo ordinario en poema. Una esquina deja de ser esquina; una mesa deja de ser mueble y se hace anfitriona; una sala, con su aroma sutil, se vuelve familia.

¿Qué tienen las flores que convierten un espacio en hogar? Tienen memoria y ahora: guardan la mañana en sus fibras y devuelven la luz cuando alguien entra; tienen palabra sin sonido, capacidad de invitar, de reconfortar. Tienen la costumbre de permanecer presentes, de obligar a detenerse y mirar. En su silente insistencia, hacen que una casa huela a hogar.

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