Con cicatrices que no se ven pero se sienten, lo dice claro: el cierre no es algo que uno necesite. Todas esas conversaciones que imaginó necesarias, las que ensayó frente al espejo y en la cabeza, en realidad no eran indispensables. Pensó que necesitaba explicaciones finales, una especie de acto ceremonial para sellar el capítulo. No fue así.

Las reuniones “de cierre” suelen ser peores que cualquier despedida silenciosa. Sentarse frente a alguien para buscar respuestas es abrir heridas que ya habían empezado a cicatrizar. Es peor porque convierte el duelo en espectáculo: preguntas implacables, defensas, promesas rotas recicladas en excusas. Es el intento de ordenar lo que ya dejó de tener orden. Y muchas veces, tras esas confrontaciones, queda peor: la confusión se reafirma, y la herida, revivida.

La idea del cierre como una meta, como un objeto tangible que guardas después de la ruptura, es una mentira cómoda. Lo que realmente sucede es que el cierre —si es que existe— ya ocurrió en pequeños actos cotidianos: en dejar de llamar, en no esperar a que contesten, en reírse de algo tonto sin buscar su aprobación. El cierre no llega con una frase perfecta ni con un intercambio final; se va instalando en el silencio, en las decisiones pequeñas y en la desintoxicación paulatina de recuerdos.

Llora. Llora hasta que las lágrimas se conviertan en otra cosa: memoria menos punzante, músculo emocional más fuerte. Porque no se trata de “seguir adelante” como si se dejara un objeto en un cajón; se trata de llorar lo que duele, permitir que la tristeza haga su trabajo, y luego empezar otra vez. Empezar otra vez no es borrar, es reorganizar la vida con lo que quedó: el aprendizaje, las marcas, las contradicciones.

No busques cierres escénicos ni escenas finales perfectas. No persigas la explicación que calme tu ego; atiende el rato en que te duele y sé honesta con ese dolor. Llora cuando haga falta. Ríe cuando venga. Y vuelve a construir, no como quien intenta superar algo para demostrar fuerza, sino como quien edifica su historia con las piezas que le quedan. El cierre no es un destino: es un tejido que ya empezó sin que lo notaras.

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