Esa ciudad que nunca duerme, que siempre está en marcha, decide un día al año salir a la calle y crear algo único: una fila humana de más de 80 kilómetros. No era una fila para comprar entradas ni para hacer cola en el “PopUp” de la temporada. Era una fila de personas, de caras, de voces, de risas, de banderas, de música, que estaban allí solo para animar a corredores que querían cumplir el sueño de correr una maratón (o simplemente querían sobrevivirla).

¿Qué hacían esas personas en esa fila infinita? Básicamente, convertir cada kilómetro en un espectáculo de ánimo y humor. Gritaban nombres, lanzaban carcajadas, cantaban canciones, agitaban banderas y entregaban agua con tanto entusiasmo que parecía que competían por quién hacía más ruido. Y cada milla disputaba el premio a la que más se divertía. Todo eso se veía desde la milla 13.

Algunos, con risas y sarcasmo, le decían a los corredores: “¡Vamos, que solo te falta la mitad!”, como si las piernas no pudieran escuchar y replicar con un “¿En serio? ¿La mitad? ¿Esto es una maratón o una tortura medieval?”. Otros se mostraban dignos y motivaban con frases que parecían tomadas de un manual de superación personal: “Piensa en lo que te motivó”, “No te rindas ahora”. En el fondo, muchos pensarían: “¿Y qué se supone que me motive? ¿El fin del mundo, la promesa de una pizza, o que no hay otra opción?”. Es broma: muchos de quienes animan son, en realidad, una gran inspiración.

En medio de toda esa algarabía se recuerda al primer maratonista que, en un acto heroico, fue a dar el grito de victoria en la guerra y que, al regresar, falleció. Por eso la maratón se convirtió en parte del paisaje indomable de Nueva York. Aquí, en esta ciudad que no para, la lucha no solo se vive, también se corre. Se corre con la misma tenacidad de quien vuelve de la guerra, solo que ahora, en lugar de balas, se enfrentan sueños, sudor y trabajo, con alguna que otra broma pesada del destino.

Al final, mientras quien anima entregaba agua en la milla 13, pensó: esto no es solo una carrera, es una celebración de la vida, una especie de misión imposible con sabor a café y esperanza. Si en Nueva York puede haber una fila interminable de personas animando, gritando y haciendo el ridículo por corredores que solo quieren llegar, entonces todavía hay esperanza para todos.

Con una sonrisa cansada pero satisfecha se entiende que la grandeza de esta ciudad y de sus habitantes está en cómo saben convertir cualquier reto en una fiesta. La ciudad que nunca duerme, ese día, se detiene para animar. La gente de Nueva York —impaciente, desesperada y no siempre amable— se lanza a las calles, espera por horas, monta una fiesta y alienta a quienes pasan. La ciudad de los sueños plantea un reto para que más de 70 mil personas lo vengan a cumplir, y sus habitantes se vuelcan a animarlos para que lo logren.

Y te cuento algo, la carrera empieza en la mañana y la linea final te esperan hasta la noche: para celebrarte. Porque en NYC las conquistas se celebran con la comunidad.

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