En cada hogar hay una silla vacía que parece persistir en silencio, ni se toca ni se nombra en voz alta, pero todos saben quién solía llenarla. A veces era un padre, una hermana; otras, alguien querido más allá de lo que alcanzaron a comprender. Era quien reía a grandes voces, quien repetía las mismas anécdotas como si el tiempo se detuviera allí, quien hacía que la casa se sintiera refugio solo con su presencia.

Esa silla, colocada frente al televisor donde siempre había algún partido, guarda migas de pan negro, un trozo de rábano, una mancha de paté. A su lado, una mesa sostiene un refresco, un vaso de agua, una tabla con un cuchillo bien afilado: pequeños vestigios de un rito cotidiano, repetido con amor y rutina. No es la silla en sí la que duele, sino quien la ocupaba. Ante su partida, no queda un silencio mero, sino un vacío con contornos precisos, un espacio que resulta difícil de llenar, lleno de recuerdos que se aferran y no quieren partir.

Existe otra silla, más majestuosa por su tapizado, que guarda también su historia. Es una silla donde se encuentra un control remoto, un vaso de hielo con agua, un teléfono inalámbrico y una libreta con notas, fechas y números. En ella, la bata recibía con una sonrisa, y aunque todos anhelaban en algún momento un lugar en la cama, justo al lado de esa silla, lo que realmente importaba era quién allí se sentaba. La presencia se volvía más que un simple asiento: era un lugar de descanso, de cuidado, de amor silencioso.

Para quien aún siente esa ausencia, ese rincón vuelve a llenar el corazón con una nostalgia dulce y amarga a la vez. La silla no puede moverse ni desaparecer, porque en ella quedaron las huellas invisibles de risas, silencios y costumbres que marcaron la piel de la familia. El amor, entonces, no desaparece. Queda en la memoria, en ese legado que deja marcas indelebles, pequeñas huellas en la madera y en la piel del alma.

Esa silla vacía enseña que el amor no muere; se queda en los detalles, en el eco de lo que fue. Y aunque alguien ya no esté físicamente, su presencia sigue sentada a la mesa, en la sala, o en una habitación, en los susurros de la historia familiar, en los silencios remenentes y en las miradas que aún buscan su sombra. La ausencia, en ese sentido, se vuelve espacio, y en ese espacio, el amor permanece eternamente.

Leave a comment