Tengo el corazón partido, simplemente porque estoy lejos. Y a veces, esa distancia pesa tanto como el dolor.
Estoy lejos del almuerzo en familia, de esas conversaciones que se estiran en la mesa como sobremesas eternas, de las risas que no necesitan explicación, de los silencios que reconfortan más que mil palabras. Lejos de los abrazos que no piden permiso, de la calle que puedo recorrer con los ojos cerrados, del olor a tierra mojada cuando la lluvia acaricia mi casa. Lejos del idioma en que me enamoré, de las canciones que allá suenan como un eco borroso, de los buses al amanecer, del ruido que me hacía sentir vivo, del caos hermoso, del desorden que llevo tatuado en el alma.
Tengo el corazón partido. A veces algo me aprieta el pecho y no sé cómo nombrarlo. Aunque prepare la baleada con la receta exacta, siempre le falta algo: una sombra en el sabor, una ausencia silenciosa. Parece igual, pero no lo es. Le falta esa chispa invisible que solo la tierra, la infancia y el corazón saben reconocer.
Tengo el corazón partido. Y cuando río, siento que mi risa se desvanece en un eco que nadie escucha. Cuando hablo, parece que mis palabras no llegan del todo. Estar lejos es como vivir con el alma en otra zona horaria, con una parte de mí que sigue allá, quieta, esperándome. No siempre duele, pero nunca deja de pesar, sobre todo en el silencio. Ese silencio que no es vacío, sino búsqueda.
Estoy triste, sí. Pero cuando el silencio me abraza, no es porque no tenga nada que decir, sino porque aún busco —en lo más profundo— esa parte de mí que no se ha movido, ese vínculo invisible con lo que soy, con lo que me hizo, con lo que aún me espera.
Tengo el corazón partido, lleno de cicatrices que ya no duelen, pero aún arden cuando el recuerdo se asoma. Y sin embargo, cada grieta se ha vestido de oro. Cada herida me ha enseñado a nombrar el amor desde lejos, a construir comunidad en la ausencia, a reconocer que en lo que se rompe también nace la belleza.
Y hoy, entre todo eso, nació mi sobrino. Y aunque no pude estar ahí, aunque lo vi por una pantalla, algo se reparó por dentro. Porque con su llanto nuevo también llegó esperanza. Porque su vida es un lazo más con mi tierra, una promesa de regreso, un recordatorio de que la historia sigue, y que en medio de tanta distancia, la vida insiste en florecer.

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