Mañana, en Estados Unidos, el día se viste de memoria y sol, pues se celebra Memorial Day, la fecha que marca el inicio del verano. La alegría se respira con el calor que se aproxima; es tiempo de encender el grill y dejar que la vida florezca al aire libre, bajo cielos azules y soles brillantes. Las playas llaman, y las fiestas despiertan el bullicio. Sin embargo, más que una celebración, el día invita a la reflexión, un homenaje a aquellos que no regresaron de la guerra.

Aquella historia me viene a la mente, un relato que entre mi madre y mis tíos se comparte, aunque sus versiones difieren. Fue tan impactante cuando mi bisabuelo se perdió en la guerra que dejó una marca indeleble en cada uno. “Oma Mutti”, al recibir la noticia, lo vivió tan intensamente que, según algunos, fue en el verano que ellos estaban fisicamente en su casa, fue un timbre del teléfono, otros recuerdan los golpes en la puerta, y alguno más la evoca leyendo una carta. Todas estas versiones, un mosaico de recuerdos que se entreteje con verdades compartidas, construyen el corazón de nuestra memoria.

A pesar de todo, Oma Mutti jamás perdió la esperanza. En cada ocasión importante, un plato más ocupaba su lugar en la mesa, aguardando un regreso que la legalidad confirmaba imposible, espero a que llegara con una historia increíble y no sé que mas le decía su corazón. Sin embargo, lo esencial está claro: Memorial Day encarna el recuerdo silencioso, la ausencia que se siente en un plato vacío y en las cartas que no encuentran ya su mano, al duelo que viene vestido en uniforme, y a las historias que de cuentan por medio de medallas y memorias.

Así, en mi primer Memorial Day en Estados Unidos, rindo tributo no solo a los que no regresaron, ni al que no regresó en Alemania, sino al espíritu de esperar con amor. No importa si las historias se difieren, lo que persiste es la figura de alguien eternamente esperado, con un hogar siempre dispuesto. Y aunque no conocí a mi bisabuelo, me aferro a su memoria; si alguna vez encuentro más relatos sobre él, prometo compartirlos. Hoy, más que nunca, su espíritu nos acompaña a través del silencio y la esperanza de aquellos que nunca recibieron un “bienvenido a casa”.

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