Era uno de esos días en los que la melancolía se aferraba a cada rincón de mi alma como una niebla persistente. Mis pasos resonaban por las calles de Manhattan, cada uno como un susurro en un mundo indiferente, un mundo donde solo yo parecía portar lágrimas invisibles tejidas con hilos de dolor y esperanza. A pesar de ello, encontraba un extraño consuelo al cruzarme con miradas igualmente cristalinas, quizás teñidas por el frío que ruborizaba los ojos o por la lluvia que, cómplice, deslizaba el maquillaje, pintando nuestros rostros con emociones desnudas.

Al descender al refugio subterráneo del tren, una canción de aquel musical que guardo en mi corazón quebró las compuertas, permitiendo que las lágrimas fluyeran en torrente, confundidas con las notas que tocaban las fibras más sensibles de mi ser. En el vaivén del convoy comprendí que mi vulnerabilidad era un acompañante constante y mi refugio oculto.

Rodeada de una familia que me ama y amigos que me cuidan, no podía evitar el eco de la ausencia de alguien especial. Un alma con quien pudiera ser completa y plenamente frágil, sin temores ni barreras. A medida que secaba mis lágrimas en soledad, buscaba esa conexión que me permitiera ser simplemente yo.

Muchos quizás dirían que no lo necesitaba, que mi independencia era mi escudo y mi espada, pero dentro de mí ardía un anhelo profundo de ser sostenida por alguien que pudiera navegar mi debilidad. Hubo un tiempo en que encontré ese santuario, un espacio de vulnerabilidad compartida que ahora solo existía en forma de añoranza, dejándome con la certeza de su valor al haberlo perdido.

En momentos así, comprendía las preguntas sobre cómo pude sostener tanto peso. La respuesta siempre fue simple: tuve un lugar donde mi fragilidad era bienvenida, un rincón del mundo donde las lágrimas eran sinceras, un refugio ahora perdido entre los ecos del pasado.

Estas palabras me las susurra el agua del Hudson mientras busco un respiro en Staten Island, la Estatua de la Libertad se erige, faro imponente, guiándome de regreso a Manhattan, como alguna vez alentó a miles a sus nuevas vidas en esta tierra prometida.

Leave a comment