Hoy en la mañana, me encontré en una pequeña encrucijada: ¿usar un solo tomate o arriesgarme con dos? Esas son las cosas que ahora me hacen pensar, porque la verdad es que no sé muy bien cocinar para uno. Para un montón de gente, igual le puedo medir: para cincuenta, para treinta, hasta para diez, no hay problema. Pero cuando se trata de una persona, ahí es donde me pierdo.

Recordé ese video en TikTok de una mamá italiana que hacía un huevo con tomate para su familia de quince. Me dio un giro de celos y nostalgia, pensando en lo fácil que sería hacer una comida en buena compañía. Al final, decidí usar dos huevos, un cuarto de cebolla y un solo tomate. El otro, lo guardé en la nevera, porque ya lo había sacado de la bolsa, y el resto de la cebolla terminó en un Tupper, tal como mi mamá me enseñó, listo para algún otro día. 

Mientras cocinaba, pensaba en lo que significaba hacer un desayuno para uno solo. No había ruido ni risas, solo yo, en esta danza de olores y sabores. Mientras las tostadas crujían en la tostadora, comenzaba a preparar el café. ¿Hago 2 tazas?, y no podía evitar preguntarme cuántas cucharadas de café debía usar. Siempre es lo mismo: si hago solo dos tazas, pero luego quiero un poco más, ¿qué hago? Por eso opté por cinco tazas en la prensa, llenándola hasta la mitad, temiendo que se desbordara.

Al final, me senté a disfrutar de mi desayuno: el huevo con tomate que quedó delicioso, las tostadas doradas al punto perfecto y un toque de queso crema. El café, todavía caliente, me acompañó en ese instante nostálgico. A veces, en medio de la soledad, se encuentra una pequeña alegría, y hoy, ese desayuno fue un pequeño triunfo.

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